Envejecer bien no depende solo de la genética. Que sea lo mejor y más feliz posible, pasa por prepararnos física, cognitiva, financiera y socialmente.
La edad ya no define como antes
La esperanza de vida se ha duplicado en las últimas décadas gracias a los avances en salud y tecnología, así como los cambios que se han producido en nuestros hábitos. Hoy vivimos más años y, en muchos casos, también vivimos mejor.
En definitiva, la edad cronológica ya no explica por sí sola cómo vive una persona ni cuál es su papel en la sociedad.
Esto ha traído consigo un cambio de paradigma sobre la vejez. Hablar de “personas mayores” como un colectivo uniforme simplifica una realidad mucho más diversa. Del mismo modo que no consideramos iguales a personas de uno, 20 o 30 años, tampoco tiene sentido meter en un mismo saco a quienes tienen entre 65 y 95 años, o más.
Todo ello obliga a mirar el envejecimiento con más matices y menos estereotipos.
Tercera y cuarta edad
La expresión “tercera edad” se ha asociado oficialmente a los 65 años y se suele explicar como el final del ciclo vital que viene acompañado de cambios biológicos, sociales y laborales, con la jubilación.
Pero esta idea se ha quedado obsoleta y cada vez más expertos hablan de la “cuarta edad”, una etapa que se puede definir como el momento donde empieza la dependencia y los problemas físicos o cognitivos serios de salud. Aunque en teoría empiezan a manifestarse de forma genérica a determinadas edades, esto depende de cada uno, de factores como la salud, el entorno, la situación económica, el acceso a los cuidados e incluso la actitud personal.
Empezar a prepararnos
El paso del tiempo es inevitable, pero sí podemos influir en cómo queremos vivirlo. Aunque no todo depende de nosotros, hay cosas que sí están en nuestra mano y que pueden ayudarnos a hacer esta etapa más llevadera, plena y feliz.
Por eso, es importante prepararse a distintos niveles: cuidar la salud física, mantener activa la mente, fortalecer las relaciones sociales y también el aspecto financiero. Porque la vejez, lejos de estar asociada únicamente a la pérdida o las limitaciones, puede ser uno de los momentos vitales más enriquecedores y satisfactorios de nuestra vida.








