Vivir sola no equivale obligatoriamente a sentirse sola, como se desprende del estereotipo negativo que la sociedad tiene de las mujeres mayores.
Esta es la conclusión del estudio “Mujeres mayores que viven solas en la Comunidad Autónoma de Euskadi: ¿permiso social concedido?” que ha sido realizado con el apoyo de Emakunde.
La imagen de las mujeres mayores que viven solas suele estar asociada a algunas ideas preconcebidas como: víctimas de una situación que no han elegido, incapaces de vivir por sí mismas, dependientes de ayuda externa o, incluso, fracaso social por no haber construido una familia. Sin embargo, este estudio cuestiona este relato simplificado y abre la puerta a una comprensión más rica y matizada de la realidad.
Una de las conclusiones del estudio es que ser mujer mayor y vivir sola no equivale obligatoriamente a sentirse en soledad.
Más allá del tópico
Así, una de las conclusiones más importantes del estudio es que ser mujer mayor y “vivir sola” no tiene por qué equivaler a “sentirse sola”. Tanto aquellas que han llegado a esta situación por una circunstancia sobrevenida como aquellas que la han elegido libremente, la valoran de forma positiva mayoritariamente.
Si bien incluye momentos de tristeza y soledad, como cualquier otra etapa de la vida, la ven como una oportunidad para el crecimiento personal.
¿Quiénes son estas mujeres?
Del total de personas mayores que viven solas en Euskadi, el 32,5% son mujeres mayores de 65 años. La mayoría de ellas –el 75,4%– son viudas. Por tanto, en la etapa de la vejez es más probable vivir sola siendo mujer que siendo hombre, si bien, el género influye en la percepción social de las personas que viven solas: por el mero hecho de ser tanto mujer como persona mayor se les atribuye un sentimiento de soledad no deseada.
También es necesario mencionar que en este colectivo se encuentran realidades muy distintas: en función del tipo de trabajo que han desempeñado durante la vida, entorno urbano a rural, situaciones familiares, etc.
Necesidad de “dignificar la vejez”: una mirada más justa y realista
Otra de las conclusiones que queremos destacar de este interesantísimo estudio es que existe una presión social mayor hacia las mujeres y hacia el estilo de vida que deben seguir cuando viven solas. Así, ellas quedan supeditadas a una especie de “permiso social” para elegir cómo vivir y el modo de afrontar el hecho de vivir solas, que puede condicionar su calidad de vida y aumentar su vulnerabilidad.
Estas mujeres ejemplifican la autonomía, la autosuficiencia y riqueza que la experiencia de vivir solas les brinda a diario. Reconocer la autonomía sin olvidar la importancia de los vínculos, que el bienestar no responde a un único modelo, son primeros pasos una sociedad más empática, informada y respetuosa con las personas mayores.








