La soledad puede experimentarse en distintas etapas de la vida, pero cuando se prolonga durante la infancia o la adolescencia puede tener consecuencias en el desarrollo emocional, social y psicológico.
En esas etapas –especialmente en la adolescencia– estamos formando nuestra identidad, autoestima y relaciones, por lo que todo se vive con mayor intensidad. Es cuando empezamos a distanciarnos un poco de la familia en busca de nuestro lugar en el mundo, y ese proceso no siempre es fácil. Si surgen dificultades para adaptarse a los cambios o para integrarse en el grupo, es más probable que aparezca la sensación de soledad. De hecho, diversos estudios señalan que entre un 21% y un 70 % de los y las adolescentes se sienten solos en algún momento, y entre un 3% y un 22% lo viven de forma habitual.
Cuando estos sentimientos no se abordan adecuadamente, pueden asociarse a riesgos importantes: ansiedad, depresión, baja autoestima, problemas de sueño, entre otros. Incluso dejar huella en la salud física y mental a largo plazo.
Factores de protección clave
- Tener unas relaciones familiares sólidas, con comunicación abierta y una calidez emocional que actúan como amortiguador frente a la soledad.
- Vínculos positivos con las amistades, que fomentan el sentido de pertenencia y reducen la percepción de aislamiento.
- Desarrollo de habilidades sociales, tanto reales como percibidas, que favorecen una integración más saludable en el entorno social.
El papel de los móviles
La tecnología ofrece oportunidades de conexión, pero también puede generar una falsa sensación de vínculo y limitar las interacciones presenciales con la familia y la amistades. El uso excesivo de los móviles –sobre todo en edades tempranas– puede contribuir a un mayor aislamiento.
Otros factores como el contexto socioeconómico o la falta de apoyo emocional también pueden agravar la sensación de soledad. Aun así, una relación cercana y afectiva entre padres e hijos puede marcar una diferencia profunda.
La soledad no siempre se ve, pero sí se siente
Por eso, es fundamental reconocerla desde todos los ámbitos: familiar, educativo y social. Hablar de ella sin tabúes y construir redes de apoyo que acompañen a niños, niñas y adolescentes en estas etapas vitales para su futuro.








